Gabriel Mendoza textos
Gabriel Mendoza
Elvira Rilova

En esta época convulsa, donde el estrepitoso triunfo de la banalidad es tan patente, Mendoza  apuesta por el valor redentor de la utopía y recupera al ser humano en su inmensidad cósmica, con la completa vuelta a los orígenes y la desnudez del alma y esto se traduce en un cuidado estilo pictórico naíf, onírico y con guiños realistas.

El Arte siempre ha interactuado, desde la prehistoria, con el universo infantil. Desde pintores como Rosseau o Frida Kalho, que hicieron de este tipo de trazado y colorido una marca propia, pasando por los cubistas o pintores como Miró, se han ido añadiendo nuevos elementos que hacen aún más patentes estos vínculos. Durante los últimos años se ha desarrollado en el ámbito artístico una constante deconstrucción de modelos de representación de la realidad. Ejemplos válidos de esta nueva forma de interpretación serían los frentes de creación artística que se abrieron en el siglo pasado a partir de la ruptura que hubo con la academia y la apuesta por lo abstracto, movimiento que tiene una honda repercusión en el trabajo de Mendoza, pero sin dejar de lado el figurativismo de corte más realista que impregna algunas de sus obras.

Desde que se iniciara en el mundo del Arte a través de la pintura, Gabriel Mendoza siempre ha optado por experimentar con arriesgados procedimientos, entrelazando la técnica naíf y lo onírico, apostando en ocasiones por la denuncia social, y combinando todo, finalmente, con un profundo estudio de la naturaleza humana. Su apuesta por este estilo -aplicado de modo crítico y con el máximo rigor-, se apoya en los grandes maestros clásicos, fusionando sus estrategias recurrentes con una exhaustiva reflexión sobre el mundo contemporáneo

La tendencia que se aprecia en las últimas obras de Gabriel sigue esta misma línea de desestructuración de los elementos tradicionales y la reinterpretación de los mismos en clave infantil, la cual sirve para denunciar situaciones incómodas en las que los niños (protagonistas constantes de su trabajo) se ven envueltos.

El artista indaga e introduce diferentes estratos y niveles de lectura empleando una original técnica que conjuga los elementos tradicionales, ayudado por materiales antes consagrados al collage como papel, cartón, el grabado sobre óleo, etc. En sus formatos abundan los dípticos y trípticos, ahora rescatados para formar parte de esta innovadora concepción del arte. Mendoza introduce referencias extrañas y ajenas que distorsionan el figurativismo tradicional, por lo que brinda resonantes perspectivas, construyendo un inusual mundo de sugerencias.

La consecución de estos efectos es paciente y meditada: márgenes y derribos de todo recurso prosaico, silenciosos horizontes de oro, espacios vastos e inmateriales en una entrega sin sintaxis, tierras quemadas de figuras cercanas por pérdidas. La elección formal reafirma esta atmósfera deshumanizada pero que no por ello pierde su carácter íntimo y cotidiano.

Y en el centro de esta vorágine, la figura humana como protagonista absoluta de la obra. Niños jugando, prostitutas de infantiles trazos o autorretratos que homenajean la más pura tradición mexicana, todos ellos con una gran expresividad, que en ocasiones roza lo inquietante.

Más allá de esto, Gabriel Mendoza hace trascender su mirada llegando a apreciar algo parecido al alma de sus figuras. Examinado la obra con detenimiento también el espectador percibirá un diminuto entramado de historias, elementos oníricos y visiones personales, pero que se extrapolan hacia cualquier sentimiento global. La obra de Mendoza es el reflejo más absoluto de las preocupaciones vitales del artista, apreciándose en ella una honda meditación sobre la actual condición humana y las vicisitudes que la acechan.

Elvira Rilova. Historiadora del Arte.