Gabriel Mendoza textos

Transparente como un palimpsesto: Acerca de la obra de Gabriel Mendoza
Erik Castillo

Desde el punto de vista de la arqueología, un palimpsesto es un soporte en el que es evidente que se ha escrito en diferentes etapas, es decir, una superficie con inscripciones que han sido borradas hasta cierto punto (y, por ende, colmada de información gráfica o matérica), de manera que pueda volver a escribirse en ella. El concepto –utilizado también en ciencias naturales y en teoría literaria- se ha ampliado en el propio campo de la arqueología y también se refiere a un sitio o yacimiento que presenta contenidos históricos en varios estratos, llegando a constituir un problema muy estimulante en términos de interpretación y deslinde de la información encontrada. En ese sentido, puede pensarse por extensión y como juego, que el palimpsesto es un entorno de imagen en el que conviven (en tensión armónica o disarmónica) varios niveles de lenguaje.

Gabriel Mendoza pinta palimpsestos, imágenes fluctuantes para la mirada; en estas pinturas, hay un placer por las superficies erosionadas y una tendencia al linealismo exacerbado. Las escenas, que muchas veces tienen el carácter primigenio de vastedades iconográficas, presentan tribus de figuras, fragmentos de sociedades de personajes en misterioso contubernio o cohabitación. La manera en que el artista ha construido sus fabulaciones tiene como referente fundamental la poética de los dibujos infantiles, sólo que redirigida hacia la zona de una estética donde también se manifiesta una fuerza libidinal que no resulta contradictoria del imaginario de la infancia, sino potenciadora del relato en capas propuesto por el artista. Además, Mendoza recurre en numerosas piezas a una serie de citas a momentos de la historia del arte de la pintura: su producción es una suerte de historia pulsional del arte según el yo de un artista niño.

Marcado definitivamente por la muerte de su hijo, Gabriel Mendoza urde tramas altamente confesionales, recupera sensaciones de vitalismo y consigue narrar, explotando con ingenio los poderes elípticos de la estratificación visual, la saga interminable de una muerte-resurrección niña. El espectador de las pinturas tiene, entonces, la posibilidad real de observar la sucesión pictórica como si él mismo fuera un sujeto en la edad primera y alguien que tiene, a la vez, la experiencia de la vida en sus aspectos límite. ¿Qué es lo que vemos en las pinturas? Rostros afectivos adentro de cuerpos delineados con un candor monumental, siluetas sintéticas habitadas por fragmentos de seres vibrantes, seres dentro de seres que gritan por obra del destino, que sonríen con desparpajo, que hablan entre ellos. Tal como ocurría en las visiones existenciales de Tamayo, los seres representados en la pintura de Gabriel Mendoza se definen –incluso desde el título de las obras- en términos de personajes cuya identidad se liga a aspectos plásticos (color, forma, estructura).

La ciudad y sus culturas constituyen una esfera en la que el artista encuentra el germen de su narrativa: sobre todo Oaxaca y la Ciudad de México, que son los dos entornos en donde trabaja, alternativamente, Gabriel Mendoza. De ahí que las fachadas de los negocios urbanos –también oscuros y fluctuantes palimpsestos pop, marcados por ambiguas razones sociales-, la cotidianeidad de la vida de las prostitutas, sus familias en hacinamiento y los transeúntes ávidos de algún residuo de esplendor, compongan esa extraña historia que parece, más bien, una fantástica prehistoria gráfica, un universo gestáltico de primera generación. Mendoza apuesta por ese mundo citadino regido por la obsolescencia y lo antiguo, él mismo ha sido habitante profundo de ese territorio en calidad de observador y de agente, pues no sólo lo ha explorado como dibujante enfebrecido sino que ha impartido talleres de arte en las inmediaciones de la calle de Jesús María y el callejón de Santo Tomás, en el centro de la Ciudad de México, para los hijos de aquellas mujeres que viven del comercio sexual.

La elección que ha tomado Gabriel Mendoza de producir imágenes en el campo del arte de la pintura en el contexto contemporáneo es muy particular; pintar para él es elegir trabajar en un modo creativo anacrónico pero muy sugerente, es decir, bajo las reglas –si bien abiertas- de una disciplina plástica moderna legible por la histórica transmisión de sus códigos. Decidir pintar y no movilizar la sensibilidad y la mente en alguna práctica a-disciplinaria o trans-disciplinaria más postvanguardista obedece, pues, a la despreocupada fascinación de Gabriel por lo que pertenece a la cultura de las cosas pasadas que siguen latiendo –y haciendo sentido- en los márgenes del dominante social y artístico.

Volviendo al tema de la representación de grupos de personajes en la obra de Gabriel Mendoza, me parece que se trata de imágenes de comunidades de vida, de sobrevivencia y de saberes cotidianos. A veces aparecen bajo la apariencia de turbas reunidas en el crepúsculo del juego y la violencia; otras, más bien en la lógica imaginativa de la convivencia en estado puro; pero en la mayoría de las pinturas, se muestran a la manera de corrillos de personajes extáticos cuya gesticulación alcanza el estatus del signo y de una ritualidad en la que la simplicidad de los acontecimientos que protagonizan siempre se puede leer en el sentido de lo extraordinario o lo insólito.

Las parentelas tocadas por el estigma de la genealogía, las tribus urbanas diversas y confrontadas, y los solitarios en medio de todos los otros, que pinta una y otra vez Gabriel Mendoza no nada más figuran sociedades de convivencia o de vida, son, por lo demás, inusitadas alegorías de las sociedades de saber: recorren caminos intricados en busca de iniciación, ponen en marcha las tecnologías agonísticas del cuerpo y del juego de cara a la transfiguración, rinden tributo al tránsito por los paisajes en estado de naturaleza salvaje, evocan el uso talismánico del lenguaje, hacen el reconocimiento psíquico de las fronteras de su corporeidad, adquieren identidades múltiples y son, cada uno, muchos seres al mismo tiempo, toman parte en celebraciones desmedidas y en empresas perversas… Detrás de todas estas asociaciones está todo el tiempo la imagen del niño, ése es el contenido de saber que arrojan dichas representaciones de sociedades de conocimiento del tipo afectivo.

Gabriel Mendoza recupera, por principio y a final de cuentas, la imagen ceremonial del niño y de la esfera difusa de la infancia vivida como absoluto, porque en sus imágenes la niñez y lo infantil ponen en evidencia que ahí se encuentra la dimensión antigua de lo social, de él personalmente o de nosotros mismos. La iconografía de las bicicletas ardientes y el camino que lleva a todos lados, la del rostro balbuciente y las siluetas que posan ante un posible mirón, igual que la continua referencia a una oralidad fundacional que aparece en formato de texto escrito por un escolapio en una especie de voz visual en off, si cabe el término, articulan cada vez, pintura tras pintura, pedazos de un himno dedicado a la invocación del niño que se ha diluido en la identidad de cualquier persona, del niño que ya no está en el mundo personal del artista, pero también –y ahí está lo sustantivo desde el punto de vista artístico- del niño que vendrá cuando la producción de conciencia o inconsciencia subjetiva lo haga posible.